[RELATO] “Blitzkrieg”

(Extraído de un posible prologo para “La Pelota no Dobla”)

Nadie lo esperaba de él. Ni siquiera que aceptara la invitación a jugar ese partido pero ahí estaba, no solo en el campo de juego sino avanzando con tenacidad y agresividad hacia el arco contrario luego del saque del medio. No solo era llamativo ese tipo de ataque faltando pocos minutos para el final sino su ejecutor, quien hasta ese momento era el jugador más estático del partido, solo comparable con el banderín del córner. La sorpresa fue tal que ninguno de los delanteros rivales salieron a cortar su encuentro como suelen hacer las personas más longevas con el vino y la soda, cuando el cerebro de esos delanteros procesaron el repentino ataque en velocidad fue demasiado tarde, ya se habían vistos superados y sus tobillos no se podían permitir la exigencia de dar un giro de casi 180 grados para seguirlo.

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Los dos baluarte del mediocampo si contaron con el tiempo suficiente para actuar y se abalanzaron sobre él. El primero de ellos, casualmente el más rustico y ávido de sangre, decide tirarse al suelo y juntar las dos piernas de aquel repentino y sorpresivo corredor con dos claras intenciones: la primera de ella, y la más obvia, la de cortar su ataque y la segunda enviar una invitación de reflexión a los otros jugadores que deseen expresar las mismas intenciones de este atacante. Lazado hacia adelante, levantando tierra y pasto, con los pies juntos con el claro objetivo de encontrar el homónimo en su rival, finalmente solo encuentra aire llegando a ser el testigo privilegiado de la reacción del atacante quien golpea sutilmente la pelota con el empeine del botín, ahí donde su fabricante coció el cuero reciclado del calzado con la suela. El balón obedece sumisamente y acata correctamente, sin excederse, la invitación a elevarse unos centímetros del suelo, los justos y necesarios para que los pies del aquel carnicero del mediocampo pasen de largo al encuentro de su tibia pero él, atrevido, decidió tomarse el atrevimiento de acompañar el vuelo del balón con un pequeño salto corporal, como si no hubiese sido suficiente emprender un ataque tan sorpresivo como la eliminación de Alemania en la fase de grupos.

Reintegrado al suelo, ya superado el obstáculo, se encuentra con el otro mediocampista menos violento pero igual de temperamental conocido como el “Ayudante del Carnicero”, quien se detiene delante de él, haciendo una sutil y correcta transferencia de decisión al atacante. Increíblemente el dueño provisorio del balón ni se inmuta y decide con la rapidez y sencillez que ha caracterizado su intrépido ataque y empuja el balón hacia una exquisita diagonal digna de ser un ejemplo geométrico de un manual de la primaria formando un triangulo escaleno entre él, el balón y el mediocampista. Sin dudarlo un instante, como si todo fuese parte de un engranaje de un sistema suizo planeado y ejecutado hasta el milímetro, el atacante se reencuentra con el balón, dejando a un costado al rival que no atina a seguirlo excusado mentalmente por la tensión muscular de sus piernas a esta altura del partido.

Posicionado en uno de los lados de la cancha, solo le quedaba un defensor antes de tocar el área del arco rival. Este decidió plantear la misma defensa utilizada por su compañero unos segundos antes, fundamentándose en que el atacante no se animaría a utilizar el mismo truco y que, adicionalmente, ya no contaba con espacios para lanzar el balón lejos suyo o por lo menos sin encerrarse en la esquina del córner o enfrentar a los otros jugadores que ya se estaban reacomodándose para proteger su área y el marcador.

Nuevamente el poseedor del balón hace una demostración del aparente plan maestro que se encontraba ejecutando y del que nadie conocía, dibujando con su cuerpo y sus gestos una eventual diagonal hacia el punto central del área. El defensor, atento al menor atisbo de intención de movimiento del atacante, percibe el movimiento y lleva todo el peso de su cuerpo a la pierna alejada del rival para lograr el soporte necesario y extender la otra pierna y bloquear el paso de la pelota y del mismísimo jugador, con la posibilidad de llevarlo a trastabillar y hacerlo probar el gusto del césped sintético finamente mezclado con caucho. Segundos después, el defensor queda con las piernas abiertas en una especie de homenaje a Jean Claude Van-Damme cuando el atacante finalmente traza una línea paralela a la esperada para correr hacia la pierna tensa y estática del defensor, pasando a su lado sin ningún sobresalto, aunque este intenta desesperadamente tomarlo de la camiseta pero su mano resbala a causa del poliéster de dudosa calidad.

La Pelota no Dobla - Portada
Ilustración de J. Tumburús para “La Pelota no Dobla” de PI Ediciones

Así, sin que nadie lo esperase que fuera posible semejante jugada ejecutada por él, ya se encontraba a unos 3 metros del arquero y, de lo que era más importante, del arco. Fue un segundo, el instante de calma previo a la tormenta, donde el arquero y el atacante se vieron a los ojos, estudiándose y enviándose un mensaje defiendo ambas irreconciliables posturas. Finalmente el arquero flexiono levemente las rodillas pareciendo que se iba a quedar esperándolo cuando abrió las manos para recibirlo en un hipotético abrazo se abalanzo decididamente hacia él, achicando el ángulo de ataque y también la posibilidad de decisión del atacante.

Tal vez fue eso o la simplificación de la ejecución final  de su plan maestro que, cegado por la cercanía del triunfo, previo un portero más endeble y con menor decisión de la que se estaba encontrando ahora, pero, por primera vez desde que comenzó su ataque, dudo. Ya no tenía un ángulo de escape y comenzaba a sentir como los segundos desaparecían en el aire, se estaba quedando sin tiempo cuando lo vio.

Por el rabillo del ojo entro en su campo visual su compañero de equipo al grito de “¡Acá!” mientras señalaba con el dedo índice un punto ficticio a un metro delante de él queriendo indicarle físicamente donde quería que le pasara el balón.

Ya no le falto nada más, estaba decidido, miro nuevamente a los ojos al arquero e impulso la pelota tocándola con la delgada línea que separa los dedos del empeine y este, seguramente ya asumiendo su posición sumisa o por un simple reflejo, volvió a obedecerle, se distancio del suelo, del botín y del arco, también de la mismísima cancha. Algunos de los presentes asegurarían que escucharon a la lejanía un insulto producto de la sorpresa de haber visto una pelota caer cerca suyo.

Lo siguiente fue un silencio muy sabio, atribuible un poco a la sorpresa de que tan hermosa jugada terminase de la forma más horrible e inexplicable y otro tanto a que los testigos estarían calculando mentalmente si realmente existían la posibilidad matemática de que la pelota ingresara al arco desde ángulo.

Quien rompió aquel silencio sabio fue el compañero presente en el área rival reprochándole la falta de pase para terminar aquella jugada.

Y él, con la sabiduría que lo había caracterizado hasta aquella última acción, mientras caminaba hacia el punto central de la cancha le dijo.

– Ni en pedo dejo que te robes mi gol.

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“Eduardito” (Relato)

Voy a hacer algo que me prometí hacer hace mucho tiempo y que nunca había hecho que es el de publicar un relato. Los verdaderos motivos por los cuales no lo hice antes son difíciles de encontrar como los que porque no actualizo el blog más seguido (prometo hacerlo bastante este año).

Este relato no tiene nada en especial, por lo que lo público porque es uno al que le tome cariño. Fue escrito para un concurso el año pasado en que la temática era el barrio y su gente.

También fue una de mis primeras incursiones en el humor para el relato, ya que es un género que escribí mucho para radio pero que nunca lo volqué para el cuento y tenía muchas ganas de hacerlo.

“EDUARDITO”

A pesar del invisible pero sofocante calor, Eduardo se encontraba en el techo de su casa imitando el reposo de los pájaros y otros animales voladores que entre tantos lugares elijen ese lugar para descansar y hacer otras cosas menos nobles. Pero a diferencia de estos animales, él no estaba estático sino que se encontraba limpiando la canaleta, proyecto tantas veces reprogramado hasta que finalmente prefirió hacerlo a tener que secar nuevamente el interior por la filtración del agua.

Eduardo se encontraba en este increíble acto de equilibrio en las alturas, solamente equiparable con la instalación de la antena del proveedor de cable satelital, cuando en uno de esos peligrosos movimientos cayó su herramienta limpiadora, más comúnmente llamada destornillador.

Mientras analizaba la forma de llegar a la herramienta sin tener que entrar a la casa y bajar por la escalera interna, previa limpieza del calzado para evitar el odio y posterior enojo de la señora. Fue en ese momento que descartaba las alternativas que se le ocurrían que podían terminar con una posible fractura expuesta, cuando llego su posible salvación.

– ¿Qué hacé, Eduardito?

– Hola, Gordo. ¿Cómo va? – notando que ninguno se ofendía por la falta de respuesta, Eduardo tuvo la idea de aprovechar al tercero para evitar moverse de su lugar. – Che, ¿no me haces el favor de alcanzarme el destornillador?

– ¿Pero cómo no, Eduardito? – El vecino no hacía otra cosa más que repetir en cada oración el diminutivo de Eduardo como para exponer hacia los demás que había cierto acercamiento sentimental que ambos, internamente, sabían que era inexistente. Hecho que molestaba mucho a Eduardo pero que prefería guardar su opinión para conservar la tranquilidad del barrio y la de su integridad física por sobretodas las cosas- ¿La tiro así nomás?

– Si, vos tirala… mientras no me saques un ojo todo bien, jaja- La risa de Eduardo se corto cuando noto que era la única que había en el aire.

– Ahí va… uh, pero que manco que soy… perdona, Eduardito, estos brazos ya no son lo que eran, antes era un as con la pelota, todos los deportes hacia… ¿te dije que llegue a federado en el equipo del barrio?

– Si, Gordo… si le das un poco más de fuerza capaz que lle…

– Eran otros tiempos, Eduardito, eh, después tuve una lesión en el tobillo en un partido que íbamos ganando por dos goles míos y me dejo afuera por un buen tiempo, viste que es difícil volver de una lesión… eso y que me gustaba la joda, eso hace estragos en los deportistas como nosotros, digo nosotros por la gente como yo y los demás, no por incluirte a vos, eh, Eduardito, no es por discriminarte pero no tenes pinta de habilidoso, con esa panza que tenes seguro que te mandaban al arco. Siempre digo que de haber seguido con el deporte, mi vida pudo haber sido la de un Garincha.

– Eso sí, salvaguardando las distancias de que él jugaba en Brasil y yo en el club de Contadores de mi viejo pero en el fondo es la misma historia, Eduardito. Mira ahí está el Diego, que te cuente él mejor, así no me tratas de bolacero…

– Si me pasas el desto-

-¡Diego! ¡Vení!.. que hijo de puta, se hace el que está haciendo algo y se rasca los huevos que da envidia… ¡Vení, pelotudo!

– ¿Qué hace, Gordo? ¿La familia?

– … de cómo era en la cancha cuando era pendejo.

– ¿Qué cancha, Gordo? Si nos conocemos desde hace dos años y jamás te vi pisar ni la vereda de una.

– Pero che, no sos más boludo… si te tiro un pase vos devolvémela. ¿No ves que lo tengo al Eduardito acá engatusado de mis habilidades futbolísticas?

– Y que sé yo, Gordo, avísame antes de hacerte quedar mal.

– ¿Cómo te voy a avisar si lo tengo al otro tarado adelante?…

– Hola.

– … a la final, sos un Carlitos vos, eh.

– No rompas, Gordo. Che, me voy que está oscureciendo.

-Te acompaño yo también que esta peligroso el barrio para andar afuera por estas horas. No es como en mis tiempos que podíamos andar en bicicleta toda la noche y no pasaba nada. Como será ahora que ni siquiera el físico me da para andar en bici, jaja.

Y mientras el Gordo se iba riendo de su propia picardía, quedo Eduardo en las alturas pensando no en si seria cierto lo que había dicho su interlocutor de su pasado futbolero o preocupándose de si iba a terminar el trabajo antes de que oscureciera del todo. Nada de eso molestaba a Eduardo, en ese momento se preguntaba si el Gordo se percataría en algún momento que se estaba llevando su destornillador en la mano.

FIN