“Eduardito” (Relato)

Voy a hacer algo que me prometí hacer hace mucho tiempo y que nunca había hecho que es el de publicar un relato. Los verdaderos motivos por los cuales no lo hice antes son difíciles de encontrar como los que porque no actualizo el blog más seguido (prometo hacerlo bastante este año).

Este relato no tiene nada en especial, por lo que lo público porque es uno al que le tome cariño. Fue escrito para un concurso el año pasado en que la temática era el barrio y su gente.

También fue una de mis primeras incursiones en el humor para el relato, ya que es un género que escribí mucho para radio pero que nunca lo volqué para el cuento y tenía muchas ganas de hacerlo.

“EDUARDITO”

A pesar del invisible pero sofocante calor, Eduardo se encontraba en el techo de su casa imitando el reposo de los pájaros y otros animales voladores que entre tantos lugares elijen ese lugar para descansar y hacer otras cosas menos nobles. Pero a diferencia de estos animales, él no estaba estático sino que se encontraba limpiando la canaleta, proyecto tantas veces reprogramado hasta que finalmente prefirió hacerlo a tener que secar nuevamente el interior por la filtración del agua.

Eduardo se encontraba en este increíble acto de equilibrio en las alturas, solamente equiparable con la instalación de la antena del proveedor de cable satelital, cuando en uno de esos peligrosos movimientos cayó su herramienta limpiadora, más comúnmente llamada destornillador.

Mientras analizaba la forma de llegar a la herramienta sin tener que entrar a la casa y bajar por la escalera interna, previa limpieza del calzado para evitar el odio y posterior enojo de la señora. Fue en ese momento que descartaba las alternativas que se le ocurrían que podían terminar con una posible fractura expuesta, cuando llego su posible salvación.

– ¿Qué hacé, Eduardito?

– Hola, Gordo. ¿Cómo va? – notando que ninguno se ofendía por la falta de respuesta, Eduardo tuvo la idea de aprovechar al tercero para evitar moverse de su lugar. – Che, ¿no me haces el favor de alcanzarme el destornillador?

– ¿Pero cómo no, Eduardito? – El vecino no hacía otra cosa más que repetir en cada oración el diminutivo de Eduardo como para exponer hacia los demás que había cierto acercamiento sentimental que ambos, internamente, sabían que era inexistente. Hecho que molestaba mucho a Eduardo pero que prefería guardar su opinión para conservar la tranquilidad del barrio y la de su integridad física por sobretodas las cosas- ¿La tiro así nomás?

– Si, vos tirala… mientras no me saques un ojo todo bien, jaja- La risa de Eduardo se corto cuando noto que era la única que había en el aire.

– Ahí va… uh, pero que manco que soy… perdona, Eduardito, estos brazos ya no son lo que eran, antes era un as con la pelota, todos los deportes hacia… ¿te dije que llegue a federado en el equipo del barrio?

– Si, Gordo… si le das un poco más de fuerza capaz que lle…

– Eran otros tiempos, Eduardito, eh, después tuve una lesión en el tobillo en un partido que íbamos ganando por dos goles míos y me dejo afuera por un buen tiempo, viste que es difícil volver de una lesión… eso y que me gustaba la joda, eso hace estragos en los deportistas como nosotros, digo nosotros por la gente como yo y los demás, no por incluirte a vos, eh, Eduardito, no es por discriminarte pero no tenes pinta de habilidoso, con esa panza que tenes seguro que te mandaban al arco. Siempre digo que de haber seguido con el deporte, mi vida pudo haber sido la de un Garincha.

– Eso sí, salvaguardando las distancias de que él jugaba en Brasil y yo en el club de Contadores de mi viejo pero en el fondo es la misma historia, Eduardito. Mira ahí está el Diego, que te cuente él mejor, así no me tratas de bolacero…

– Si me pasas el desto-

-¡Diego! ¡Vení!.. que hijo de puta, se hace el que está haciendo algo y se rasca los huevos que da envidia… ¡Vení, pelotudo!

– ¿Qué hace, Gordo? ¿La familia?

– … de cómo era en la cancha cuando era pendejo.

– ¿Qué cancha, Gordo? Si nos conocemos desde hace dos años y jamás te vi pisar ni la vereda de una.

– Pero che, no sos más boludo… si te tiro un pase vos devolvémela. ¿No ves que lo tengo al Eduardito acá engatusado de mis habilidades futbolísticas?

– Y que sé yo, Gordo, avísame antes de hacerte quedar mal.

– ¿Cómo te voy a avisar si lo tengo al otro tarado adelante?…

– Hola.

– … a la final, sos un Carlitos vos, eh.

– No rompas, Gordo. Che, me voy que está oscureciendo.

-Te acompaño yo también que esta peligroso el barrio para andar afuera por estas horas. No es como en mis tiempos que podíamos andar en bicicleta toda la noche y no pasaba nada. Como será ahora que ni siquiera el físico me da para andar en bici, jaja.

Y mientras el Gordo se iba riendo de su propia picardía, quedo Eduardo en las alturas pensando no en si seria cierto lo que había dicho su interlocutor de su pasado futbolero o preocupándose de si iba a terminar el trabajo antes de que oscureciera del todo. Nada de eso molestaba a Eduardo, en ese momento se preguntaba si el Gordo se percataría en algún momento que se estaba llevando su destornillador en la mano.

FIN

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